“Dejad que las cosas ocurran” dijo un sabio maestro.
Normalmente no damos tiempo para que las ideas maduren, para que el árbol crezca, para ver la semilla brotar… cuando permitimos que se den los ritmos de las cosas, de las personas, de las situaciones… todo fluye sin expectativa alguna porque así ha de ser, sin más. Es nuestra impaciencia la que acelera los procesos internos, la que no deja madurar el fruto y quiere todo a destiempo. Esa conexión con la naturaleza nos recuerda el verdadero sentido de la vida. Todo lleva su tiempo, todo tiene su propio ritmo.
Es como querer ver un resultado sin apenas haber parido la idea ¿esto no sería posible, verdad? Lo mismo ocurre con nuestras vidas… ¿cuántas veces cogimos la fruta no madura del árbol? ¿Cuántas veces no dejamos crecer el proceso de maduración de cada creación? Y no me refiero sólo al alimento físico… sino a todo aquello que nos nutre a nivel de cuerpo, mente y espíritu. Toda idea lleva un pensamiento detrás y todo pensamiento ha sido creado por el creador. ¿Quién es el responsable de esta creación? Tu mismo eres el que la ha creado, el que la ha sentido y quien la ha materializado. Ahora la pregunta que te hago es la siguiente: ¿tuviste en cuenta en el proceso de gestación el cuidado y la atención? Ahora la idea es tuya… tu decides qué hacer con esa creación… ¿la amas, la riegas, la mimas, tienes en cuenta sus procesos, eres capaz de fluir con los imprevistos que puedan ocurrir durante su maduración?
Volvemos de nuevo a las sabias palabras del Maestro: dejad que las cosas ocurran. Porque cuando nos permitimos que estas ocurran, aceptamos la vida, aceptamos lo que sucede en nuestra vida y tan sólo experimentamos con amor. No hay juicio, no hay bonito o feo, no hay malo o bueno, tan solo hay experiencia y esta se transforma a cada instante. Es el paso de lo que llamamos tiempo quien las transforma, pero es el Ser humano quien la cataloga a través de su forma, su color, su textura, sus cualidades… ¿Y si te dijera que nada de todo esto existe, que todo es una proyección mental que le hemos dado para dividir, para separar, para ponerle nombre a las cosas y luego identificarlas como tal?
Siente por un momento, vuelve a sentir tu corazón y recuerda: ¿hay alguien ahí? ¿quién responde en tu interior? Tú también fuiste una semilla, y tuviste que romper antes de gestarte para luego salir de un útero sagrado. Quizás no lo recuerdes, pero eres tú quien le pusiste nombre a las cosas, eres tú quien escogiste los que más tarde habías de transitar. Y si esto fuera así, ¿algo cambiaría, permitirías de este modo que las cosas ocurrieran, aunque no fuesen a tu favor? Muchas veces nos hacemos una idea preconciba de aquello que queremos, pero no siempre ocurre así. ¿Y qué ocurre cuando las cosas suceden como no esperamos? Nos llevamos las manos a la cabeza, maldecimos una y otra vez y no somos capaces de ir al centro para ver donde está nuestro aprendizaje. Más allá de las ideas, de los conceptos, de las palabras… no se puede explicar lo que es para ti, cada persona lo vive de diferente manera… Podemos pensar que ha sido por esto, por lo otro, que ha intervenido tal o pascual… pero así debía ser, todo estaba previsto de tal manera que se ajustaba a la experiencia que tenías que vivir. Piénsalo detenidamente, ¿crees que si no hubiera aprendizaje la vida sería más bella, más justa, más verdadera… o es la vida misma ya de por sí maravillosa, tal cuál es, con sus retos, con sus aventuras…? Imagina un niño jugando a ser mayor, ¿qué le ocurre cuando aún no es consciente de las cosas? Si nunca ha tenido una experiencia con el fuego no sabe que se puede quemar. Si no ha pasado por una experiencia con el agua, quizás no sepa que necesita nadar… si un ser humano no es consciente de su ignorancia jamás podrá jugar al juego de la vida con total entrega, con pasión por ver qué acontece cada día y a cada instante, con total aceptación de las reglas y acontecimientos del juego, dejando que las cosas ocurran, que los personajes entren y salgan del escenario de juego, que el telón se cierre y se vuelva a abrir tantas veces como sean necesarias, que el juego de luces del espectáculo nos pueda mostrar las luces y sombras de cada puesta en escena no solo de cada actor sino de las situaciones que acontecen a lo largo de la obra. ¿Eres capaz de imaginarte la vida como un gran teatro? Quizás así sea más entretenida… o al menos más interesante porque no evito lo que ha de ocurrir, no me quedo esperando un milagro o una salvación, sino que actúo, pongo amor donde hay miedo, pongo libertad donde hay prisión, pongo esperanza donde no hay fe, busco soluciones en vez de culpables… y así un largo sinfín de posibilidades que embellecen la vida y la hacen más divertida, más amena, más jugosa. Y, tu, que estás ahí detrás del telón, ¿te atreves a dar el paso? ¡es tu momento de acción! Ya estás preparado, madurado, tienes todas las herramientas para salir a actuar. Pero cuando lo hagas, sólo te pido un favor, piensa siempre en el otro, como si fuera otro tú. Siente como se siente, si ha aprendido a jugar, y si aún no está maduro, ayúdalo a madurar. Y respeta siempre su momento, no permitas que el juicio se adueñe de ti, pues aquí como en la vida misma todo proceso de maduración pasa antes por otro proceso llamado transformación. Ahora que lo vamos entendiendo, el maestro nos vuelve a recordar: DEJAD QUE LAS COSAS OCURRAN. Todo tiene su lugar, su momento, su ritmo, su proceso de maduración… sin juicio, sin crítica, con total entrega y aceptación la vida ahora cobra sentido, como el maestro nos recordó. Vive tus días con entrega, con amor, con compasión hacia el hermano cuando aún este no ha madurado. Y recuerda siempre estas palabras cada vez que te sientas impaciente, incomprendido, agitado, descentrado.. dejad que las cosas ocurran y mientras tanto, ve hacia el centro de tu corazón para poder observar, entender y comprender lo que aún está por integrar.
FELIZ Y BENDECIDA VIDA,
¡Sed felices! Tu eres otro Yo.
